La llamada II

Llegó el día en el que volvimos a quedar. Aproximadamente dos semanas después me volvió a mandar un correo en el que me pedía quedar en el mismo sitio para terminar nuestro encuentro. Así lo hice. Nos volvimos a ver en el mismo lugar y entramos en el lujoso hotel. Misma habitación y mismas ganas de tener relaciones sexuales.

Nos quitamos la ropa mutuamente y después nos besamos y tocamos durante unos segundos. Después, me llevó a la cama y me tumbé . Se puso detrás y, levantándome las piernas, me penetró con mucha fuerza. Llevaba tiempo con ganas. Me cogió de las manos y se las enrolló en la cabeza mientras seguía jugando conmigo. Miradas durante todo el tiempo. Unos minutos después, se echó hacia delante y nos abrazamos mientras mi piernas se enrollaban en su culo. Y siguió. No quería parar.

Cuando se cansó, me dijo que me arrodillara en la cama. Se puso delante, cogió mis manos y se las puso detrás de su culo. Me metió su pene en la boca, me cogió la cabeza y me empujaba cada segundo para hacerle una felación. Notaba que su pene cada vez estaba más húmedo y mientras que le hacía la felación tenía que ir tragando semen en pequeñas cantidades. Esto no fue nada cuando finalmente eyaculó grandes cantidades en mi boca. Me obligó a tragar todo. Ni una gota podía caer en el suelo. Así debía ser, eran sus órdenes.

Después, me dijo que le dejara su pene completamente limpio. Nada de semen en él. En la misma posición en la que me encontraba, me cogió de los brazos y tiró hacia atrás. Pasé a estar a cuatro patas cuando me volvía a penetrar mientras seguía cogiéndome de los brazos. No estuvimos mucho tiempo en esa posición cuando se dejó caer en la cama y me pidió que pusiera mi cabeza en su abdomen. Ahora solo quería tranquilidad. Ya había disfrutado suficiente. Aún así, tenía que seguir cogiéndolo del pene y moviendo poco a poco mientras me hablaba de su vida y de quién era.

Trabajo, mucho trabajo fue el resumen de lo que me contó. Se había hecho a sí mismo. Quedó conmigo porque le gustaba que se hiciese lo que él quisiese durante el sexo y eso no podía ponerlo en práctica con sus escasos ligues. No podía mandar, pero conmigo sí.

Volvimos a quedarnos en silencio, y cuando ya se acercaba el fin de la media hora, me pidió que me pusiera encima de él y le acariciaba su abdomen con mucha dulzura. Fue solo unos pocos segundos porque en seguida me dijo que tenía que irse, coincidiendo con la finalización de la media hora pendiente de la anterior vez. Nos despedimos con un beso de unos cuantos segundos y prometió mandarme otro correo pasadas unas semanas para volver a estar juntos.

En cuanto se fue, volví a mi casa a estar con mi gato y a descansar. Esa misma noche me envió un mensaje dándome las gracias por el servicio.

Genial, pensé. Otro cliente satisfecho.

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